Planeta plástico

Tengo un conflicto con el plástico. Ser parte de un sistema que usa y desecha plástico en grandes cantidades me hace sentir incómodo y muchas veces no hay opción.

Hace poco estuve en San Andrés y pude ver un paisaje natural majestuoso pero profanado por basura plástica: pañales, toallas higiénicas, jeringas usadas, envases de botellas, envases de medicamentos, bolsas, platos desechables, vasos desechables… Sí, es desagradable a la vista, pero seguramente es más grave el impacto ecológico de todo esto flotando en los arrecifes coralinos. Unos dicen que son los turistas, otros dicen que son los isleños y algunos otros aseguran con convicción profunda que son los cubanos. Puede parecer muy ridículo el argumento de los cubanos, pero no es más ridículo que pensar que es un problema de otro. Si es que se cree que hay un problema ahí. Restaurantes, hoteles y tiendas reparten pitillos, comida en paquetes y bebidas en vasos de plástico a los turistas, en frente del mar y sin inmutarse en lo más mínimo. A nadie parece importarle entrar al mar a flotar en la propia mierda.

Yo recuerdo que de niño de un momento a otro nos bombardearon con propagandas que decían que comer y beber en vajilla no-desechable era un peligro para la salud por la higiene, que uno debía exigir que le sirvieran en desechables, que no había necesidad de lavar la loza y que así hacían las mamás modernas en Estados Unidos. Como para variar, nos dejamos estafar de los gringos. Hace unos años vi un documental fascinante de cómo en la India (en alguna parte, en toda India, no recuerdo) habían prohibido los desechables por el miedo de que se les volviera una catástrofe ambiental en un país tan populoso. Con la mano y en hojas de plátano (creo) que se biodegradan rapidito sirven la comida en muchos lugares. El hecho de tener que usar vajilla que se rompe para todo y para tanta gente ha mantenido un montón de empleos tradicionales como la alfarería y ha creado nuevos empleos como mensajeros de almuerzos. Se necesitan muchos porque, con el ánimo de no romper la vajilla, un mensajero no puede hacerse cargo de muchos servicios. A principio de año en la la capital de la India prohibieron definitivamente toda clase de plástico desechable. El año pasado Francia prohibió el uso de platos y cubiertos desechables. Algunos países están haciendo algo significativo al respecto.

¿Cuándo pasará algo así de radical pero necesario en Colombia? ¿Pasará lo mismo que con las bebidas azucaradas? No sé y prefiero no pensar en eso. Es completamente improductivo porque no tengo como cambiar o controlar nada ahí.

Lo único que puedo hacer es lo siguiente, fruto de mi meditación mientras sacaba la perra.

Es tenaz la basurero de plástico en el que estamos pero es lo que hay. Lo único que puedo hacer, es ser más consciente en el consumo y desperdicio de plástico que tengo a lo largo del día. Y lo único que puedo lograr con eso es tener la consciencia tranquila de que por mi actuar no voy a afectar tanto a algunos animales o a la naturaleza. En términos budistas sería como tratar evitar el karma paila. Lo que se pueda, porque vivir sin plástico desechable parece imposible.

Además de las obvias como llevar una bolsa al supermercado, encontré dos cosas que puedo cambiar. La primera: el jugo de naranja de la esquina usa vasos plásticos, ya llevé un termo esta mañana, fue una discusión larga con el señor, dudo que haya entendido, pero logré que no usara el vaso para medir y para luego botarlo. Lo otro es el popó de la perra. En el barrio hay muchísimos perros. En las esquinas cuelgan bolsas llenas de bolsistas con popó. Aveces la gente deja el popó por ahí encerrado al lado de los postes. Hoy empecé a recoger el popó de la perra con papel periódico. Es más incómodo pero papel y popó se desintegran fácilmente.

Hoy iba muy iluminado y muy ecofriendly con el tema del jugo y del popó, cuando en el supermercado al pagar me tocó comprar una bolsa: se me había olvidado lo obvio.

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Foto de Justin Hofman / Wildlife Photographer of the Year
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No vives de ensalada

Hace unos años traté de empezar una dieta vegetariana. No comí casi nada de carne durante seis meses. El motivo por el que empecé la dieta esa vez fue porque me empezó a repugnar la carne. Así, sin más ni más. La razón por la que fracasé en la dieta fue por ignorancia. Mantener un régimen vegetariano es complicado: hay que leer. Básicamente yo me estaba llenando de harinas y lácteos: se me había convertido en un problema de salud y sobrepeso.

Este año me volvió a ocurrir lo mismo. De un momento a otro me empezó a repugnar la carne (carne de res y de pollo, el pescado no tanto): el olor, la textura, la sanguaza, todo. La suspendí pero esta vez con algo de información al respecto. El secreto está en  la combinación cereal-leguminosa. Hay muchas fuentes de proteína de origen vegetal que se consiguen en la plaza de Paloquemao a buen precio: nueces, almendras, semillas, trigo sarraceno, fríjoles, arvejas, lentejas, quinua, amaranto… También un suplemento de vitamina B12 por si las moscas. En este nuevo intento mi salud ha mejorado muchísimo. No solo en mi estado anímico, en mi peso, sino objetivamente en mediciones que a principio de año estaban mal: triglicéridos, colesterol, glucosa y ácido úrico.

Al principio el tema del maltrato animal me tenía sin cuidado, pero mi reciente conversión al budismo (otra historia) me hace tener presente ese tema y he tratado también de reducir los productos de origen animal. Nota al margen: aunque relacionados, budismo y vegetarianismo son independientes, de hecho la mayoría de los budistas no son vegetarianos (S.S. el Dalai Lama es un ejemplo).  Ahora, tampoco tiene mucho sentido ser budista y comer bife chorizo todos los días, creo yo.

Sí, he reducido el consumo de productos de origen animal por este asunto del Ahimsa (no hacer daño), pero no soy vegano. Ser vegano me parece mucho más difícil que ser vegetariano y no estoy convencido que sea deseable. Técnicamente tampoco soy vegetariano, ocasionalmente como pescado. Ahora, entiendo que el no hacer daño incluye no hacerle daño al planeta. No es una tesis de veganos conspiparanóicos, la ganadería en el mundo (especialmente de carne roja) contribuye significativamente al calentamiento global (tanto o más que los carros).

Por salud, por compasión y por ecología. Por eso trato de no consumir carne.

Eso pienso del asunto y no trato que usted piense igual. Me parece un desgaste completamente inútil el de cierta militancia vegana que con drama y neurosis trata de imponer en el resto del mundo el cambio de hábito universal en la dieta. Un almuerzo entre amigos, se puede convertir en un infierno. Hace poco vi en un grupo de Facebook un pedo de la Madonna que armó una persona porque en un restaurante le habían servido un producto que parecía vegano, pero en realidad no era. Había maltratado a no sé cuántas meseras y al personal. Esa persona se sentía muy orgullosa de su heroísmo y ya se iba para demanda el asunto. Por ahí no es.

Si ya llegó hasta aquí (que lo dudo), más bien lo invito a pensar en lo siguiente. Tal vez no necesita consumir toda la carne (o productos de origen animal) que está consumiendo, tal vez pueden haber productos de origen vegetal muy sabrosos de los que se está perdiendo, tal vez consumir carne todos los días y en las porciones que las consumimos hoy en día puede no ser tan bueno para su salud, puede no ser tan bueno para la salud de todos. Bájele a la carne que no se va a desnutrir y el planeta se lo va a agradecer.

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Presencia

Al poco tiempo de morir Sebastián sentía su presencia en la mirada de algunos perros, en algunas flores y en ambientes naturales. Un amigo me contó una experiencia similar con un halcón y su hijo muerto. Seguramente la tristeza profunda lo hace a uno ver el mundo de manera diferente, detenerse. Uno se rinde y se ve obligado a vivir el instante presente. Con el tiempo, la tristeza profunda es superada y sólo aparece por algunos momentos de tanto en tanto. El tiempo vuelve a tomar el mando y se va perdiendo esa capacidad de sentir la presencia del ausente en el gato que pasó. Esas experiencias se terminan volviendo recuerdos distantes entendidos como la locura propia del duelo. La meditación, especialmente la meditación de compasión me ha traído algunos beneficios. Uno de los que más disfruto es la capacidad de poder sentir, otra vez, la presencia de Sebastián en la risa de un bebé. Estoy empezando a creer que no está muerto, sólo hay que detenerse y abrir el corazón.

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Caos, catástrofe y estabilidad

Mi curso de ecuaciones diferenciales fue una vaina muy aburrida. Siguiendo con la idea del post anterior, se trataba de ecuaciones diferenciales para tontos. El libro guía era el Zill (el Stewart de ecuaciones diferenciales) que está lleno de recetas del tipo: reste-aquí-multiplique-allá. No fue precisamente ese enfoque el que me motivó a seguir estudiando ecuaciones diferenciales como camino académico.

Henri Poincaré es considerado un precursor del enfoque cualitativo en ecuaciones diferenciales. De hecho fue precursor en muchas áreas de la matemática. El enfoque cualitativo es más cercano al auténtico trabajo con ecuaciones diferenciales, las recetas son escasas, las soluciones explícitas muy raras y es necesario entender bien el álgebra lineal y el cálculo (conceptualmente).

Existe una incapacidad o un temor  (que no acabo de comprender) a enseñar cálculo y ecuaciones diferenciales enfocándose en entender. Se prefiere el cálculo rutinario. Ese temor o esa incapacidad es aveces institucional y aveces personal (del profesor). El siguiente razonamiento parece ser un axioma latente en las universidades cuando se piensa en cálculo: “Eso es muy difícil,  mejor para después; mientras tanto enseñemos estas idioteces fáciles de aprender/enseñar/calificar que no le sirven a nadie, ni siquiera a los que van a hacer un doctorado en esto”.

Motivado por lo anterior decidí hacer una charla en la un evento de la Universidad Distrital sobre caos, catástrofe y estabilidad en dinámica de poblaciones. La dinámica de poblaciones solo fue un pretexto, podría haber sido cualquier otro fenómeno con modelos similares. Quise hacer una charla en donde los estudiantes vieran la riqueza, complejidad, belleza y aplicabilidad de las ecuaciones diferenciales alejándose de rutinas tontas. Todo esto con requisitos mínimos: la idea de la derivada y de recursividad, así como el uso de muchas representaciones coordinadas entre sí.

Dejo el documento de la presentación en beamer en este enlace y aquí está el repositorio en github de la programación en Python. Modestia aparte, las interacciones gráficas me quedaron una elegancia y la charla salió bien, cumplió con el objetivo.

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A ritmo de otoño. Pollock.

Matemáticas para tontos

Dictar el curso de introducción al cálculo ha sido toda una experiencia. Ya llevaba mucho tiempo en la burbuja de los cursos superiores donde uno enseña a los que ya saben. Arrancamos con la hipótesis, más o menos comprobada, de que los estudiantes llegan del colegio con un relación muy pobre con las matemáticas. Vainas tan básicas como divisibilidad y proporcionalidad suelen brillar por su ausencia. Ni hablar de la lógica y la geometría. Quiero que quede claro que no me estoy quejando de las carencias de mis estudiantes. Si mis estudiantes no saben qué es proporcionalidad, ese es mi trabajo, enseñar. Incluso una buena parte del curso ha tenido avances milagrosos.

Siempre me quejé mucho de la formación matemática de mi colegio, y sí, esa formación era mediocre y yo estudiaba para pasar no más. Pero algo que sí me dejó el colegio es que aprendí a hacer algunas demostraciones en geometría elemental y entendía más o menos que era la proporcionalidad. Comparando con los estándares actuales parece que tuve una formación básica privilegiada. Este ensayo de Borovik sobre la crisis de la educación matemática en el mundo (?) contextualiza mucho la discusión. Hay una formación matemática profunda para las élites. Los demás aprenden rutinas tontas y a usar y creer ciegamente en la tecnología sin ningún interés por lo que hay detrás. Esto sucede en todos los niveles. Los usuarios del famoso big data analysis obtienen información de vital importancia que no todos cuestionan porque es muy complicado entender lo que está detrás. Así podríamos dar mil ejemplos más, pero mejor lease los ensayos de Borovik. Yo creo que Borovik no lo dice en esas palabras, pero se infiere de sus ensayos y de la experiencia, que hay una corriente de educación de la matemática (en todos los niveles): La matemática para tontos.

Iba cayendo yo en esa trampa, otra vez. Se decidió que en el primer semestre se enseñara el libro de Stewart & co. de pre-cálculo para “empezar fácil”. Ya me había tocado enseñar de ese libro cuando trabajé en una universidad privada. Los libros de Stewart (padre de la transformación del cálculo) siguen siendo un éxito comercial sin parangón a nivel mundial. Ahora entiendo por qué: Stewart, con la trampa de que por aquí es más fácil, deja la matemática de lado y se pone a hacer matemáticas para tontos: factoriza aquí, despeja allá,  pon un puntito acullá. Todo cuadra mágicamente. Ése libro es la versión de precálculo del álgebra de Baldor. A algunos les parecerá que eso es matemáticas, a otros nos parece que no. A mí me parece que eso es tratar a la gente como tonta con miles de ejercicios rutinarios, masificando una idea errónea de la matemática, una matemática fácilmente enseñable, en la que no sufran mucho ni profesor ni estudiante.

Finalmente me deshice de la biblia capitalista del cálculo y opté por retomar los clásicos (Capitán Apostol y Sensei Spivak). Algunos pueden pensar que los libros de texto son para seguirlos al pie de la letra, de principio a fin, en el tablero, sin interpretación. Como casi todos los cursos de mi carrera. Eso tampoco es enseñar matemáticas, es solo algo más enredado enseñado por una persona (tal vez) más calificada. Usé algunos capítulos y secciones de estos libros, mezclando con otras ideas más actuales y algo de Geogebra.

Esto es mucho más interesante.

Traducción al árabe de “Las Cónicas” de Apolonio

La motivación del profe

Mi profesor de quinto de primaria era el profesor del único quinto de primaria del colegio. Enseñaba español, matemáticas, geografía, historia, religión, educación física y todo lo demás. Era un colegio de barrio del sur de Bogotá dirigido por unas monjas ecuatorianas muy queridas y muy viejas ya. Las instalaciones del colegio eran deficientes, resultaba difícil entrar al baño de hombres por el olor concentrado a orines y el salón era oscuro y estábamos apeñuscados. De todos los muchos colegios por los que pasé, creo que es el único del que guardo un bonito recuerdo general. El profesor de quinto de primaria (el único año que cursé allí) tuvo mucho que ver. No recuerdo cómo se llamaba.  Recuerdo que siempre me (nos) trató con mucho respeto. No puedo recordar qué era lo que hacía en clase que me parecía tan inspirador o qué trucos pedagógicos empleaba para hacerme estudiar. Pasaron cinco años más para volver a encontrarme con un profesor así (de hecho profesora: sí, es Lilia). Profesores así, después de haber pasado por todos los ciclos académicos, los cuenta uno con los dedos de una mano.

En ese salón oscuro de esa casa de la ventipico sur, una vez el profesor preguntó que qué queríamos ser cuando grandes. Eso sí lo recuerdo con claridad. Tenía la certeza de que quería ser como él, tenía la certeza de que quería ser profesor. Estuve trabajando un tiempo formando futuros profesores de matemáticas y les preguntábamos al iniciar la carrera que por qué habían escogido ser profesores, muchos contestaban palabras más, palabras menos: “porque quiero ser para otros lo que mi profesor de matemáticas fue para mí”. Esa certeza de estos primíparos era la que tenía en quinto de primaria. Certeza que se fue desdibujando rápidamente. Sentía que no era legítimo decir en público que quería ser profesor. La docencia aquí es vista como un oficio vergonzante. Uno de niño se da cuenta de esas cosas. Aspiraciones válidas la de médico, ingeniero, abogado, empresario o militar. Así que empecé a decir (a mí mismo y a los demás) mentiras, como que quería ser ingeniero, cosas así, más dignas del aprecio del público. Cuando finalmente terminé decidiéndome por matemáticas la respuesta fue una cara de desilusión seguida de un: “pero eres consciente de que te vas a quedar de profesor, ¿no?”. Respuesta que recibí tanto de mis padres (que finalmente se dedicaron con amor a la docencia) como de mi profesora de matemáticas de once que, por obvias razones, no fue de gran inspiración la señora. En ese momento ya no estaba pensando en si iba a a ser profesor o no, había una decisión, fue difícil y fui para adelante. Finalmente me quedé de profesor por accidente, afortunadamente, quién sabe.

No dejan de ser molestas las muecas, los gestos y las expresiones que tiene cierta  gente cuando uno dice que es profesor: “¡Uy!, yo sí no podría ser docente, no tengo la paciencia, qué valiente usted”. Aveces rematan con frases del estilo: “usted tan inteligente, ¿nunca pensó en algo más lucrativo?”, “el que sabe, sabe, el que no, enseña, jajajaja” entre otras tantas. Es un “¡uy! yo sí no podría” acompañado de gestos de casi de asco, desilusión y condescendencia por estar haciendo un trabajo que nadie en su sano juicio haría. La docencia era un oficio vergonzante cuando tenía 10 años y lo sigue siendo hoy a mis 39.

El otro extremo meloso tampoco me camina. Ese lugar en donde la docencia está llena de frases de cajón, ese lugar donde los docentes somos los llamados a cambiar el mundo y no sé qué más güevonadas. Hay incluso quienes dicen que de esa vaga promesa hay que sacar fuerzas para levantarse en las mañanas y responder por jornadas de trabajo inhumanas. Separemos un poquito los problemas, una cosa es tener condiciones laborales indignas, otra cambiar el mundo y otra que le cueste a uno levantarse en la mañana porque tuvo ocho horas de clase seguidas el día anterior. La imagen del docente como mártir de la utopía no me gusta. Hay que tener un ego trumpiano para creer que uno es el llamado a cambiar el mundo. Claro, yo hablo desde el privilegio que me da tener un cargo de planta en una universidad pública. No sé qué es levantarse a las cuatro o cinco de la mañana luego de ocho horas seguidas de clase con cuarenta angelitos por salón. No sé qué promesa de mundo, no sé qué video necesite uno instalar en el cerebro para sacar fuerzas y seguir adelante.

Si no es una promesa de mundo más justo, más humano, un mundo sin Uribe, sin Vargas Lleras, sin RCN, sin Trump, sin Putin, sin Kim Jong-un, sin plebitusa, si no es una promesa de un país veganofeminista, ¿qué es lo que me motiva a ir a darle clase de introducción al cálculo a treinta angelitos que yo sé que no han hecho la tarea que les dejé?, ¿por qué enredarme la vida tratando que otros veinte angelitos entiendan el concepto de independencia lineal?, ¿por qué desgastarse si no tengo ninguna garantía de que esos angelitos serán ciudadanos ejemplares?, ¿por qué seguir siendo docente si el reconocimiento social y económico es tan bajo?, ¿por qué hacer eso cuando podría utilizar mi supuesta inteligencia amasando fortuna en la empresa privada, haciendo algo realmente útil por la sociedad? ¿por qué? La respuesta siempre ha sido la misma: ¡Me divierte cantidades! Mi motivación es profundamente egoísta.

Mi plan de retiro es enseñar matemáticas ad-honorem en la escuela de Puerto Nariño.

Puerto Nariño

Erecciones, eyaculaciones, meadas.

Los muchachos tienen erecciones de acero, orinan como los ríos bravos del campo colombiano y eyaculan como una la bolsa de leche explotando al caer de un quinto piso. Los muchachos no imaginan que toda esa intensidad biológica es pasajera, que ese climax fisiológico dura menos que el tiempo que logra aguantar antes de venirse. Los muchachos no tienen ni la más remota idea que tarde o temprano tendrán que ir al urólogo.

Los muchachos se convertirán inexorablemente en viejitos prostáticos.

Viejitos prostáticos que orinan con un silbido de chorrito entrecortado, como un grifo que no cierra del todo. Viejitos prostáticos a los que la meada los levanta a las tres de la mañana y que no van donde el urólogo porque su masculinidad se va a desvanecer en el mismo instante en el que el doctor les meta el dedo en el culo.

Yo estoy en transición.

Desestimé con arrogancia el terror de algunos viejitos prostáticos con respecto a la ida al urólogo. ¿Qué es un dedo en el culo? Decía yo con sobradez, con la sobradez de un culo que no le tiene miedo a un dedo.

He tenido dos visitas al urólogo.

En mi primera visita el tipo no me miró a la cara, fue displicente, me pidió que me bajara los pantalones y realizó la siguiente operación en cuestión de segundos : se-puso-un-guante-y-se-echó-un-gel-en-un-dedo-que-me-metió-culo-arriba-e-inmediatamente-lo-saco-para-finalmente-botar-el-guante-a-la-basura. Como cuando le rapan a uno el celular en Transmilenio, así. ¡Pin tun tas! Luego me tiró sobre la camilla un papel de lija para que me limpiara el gel que, dicho sea de paso, ni los lubricantes más baratos se sienten tan mal. A lo largo de toda la consulta el doctor mantuvo una jeta de profundo asco y desprecio. ¡¿Para qué putas estudió urología si le fastidia tanto el acueducto y alcantarillado masculinos?!  ¡Nadie le estaba pidiendo un besito, viejo pendejo!

En mi segunda visita (obvio, cambié de urólogo) me fue muy bien. Un tipo querido y de trato respetuoso. Si necesita hacer el asunto del dedo, hágale fresco. Pensé. Me pidió que me recostara en la camilla y que me bajara los pantaloncillos. Lo que sigue sucedió en cuestión de segundos: me-bajé-los-pantaloncillos-y-por-el-frío-lo-vi-ridículamente-chiquito-y-pensé-espere-me-lo-estiro-que-me-da-pena-y-luego-pensé-que-sería-muy-raro-y-tendría-extrañas-interpretaciones-estirarme-el-pipí-enfrente-del-urólogo-así-que-alcancé-a-devolver-la-mano-antes-de-embarrarla.

En esta fase de transición, en donde uno ya uno no es un ardiente muchacho, hay que cuidarse, buscar el urólogo adecuado, mantener una vida sana, aprender técnicas de respiración y sobre todo practicar todos los días los ejercicios Kegel para ser como el lobo: para orinar mejor, para eyacular mejor y para tirar mejor.

Anexo: Es verdad chicos, la próstata (estimulada adecuadamente) es el centro de placer más grande que tiene el hombre. De lejos. No se vaya a morir sin haber experimentado un orgasmo prostático, no sea tan bobo, puede seguir siendo heterosexual si quiere.

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Full Moon by Pierre y Gilles.